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2.11.10

sobre la cantidad de boludeces que puedo escribir en menos de cinco minutos (quizá un poco más) o sobre la serie paradigmática que viene a mi mente mientras escucho just o sobre las cosas locas que pasan un fin de semana y sus nefastas consecuencias


Mientras tanto escucho just y no hago nada más... ese rasgueito de Yorke me mata. sí, acabo de escribir algo trillado. me cago. Me cago en el uso de mayúsculas y en la redundancia de mis días de molestas torturas cotidianas (y me cago en la palabra cotidiano, es insoportable, esa palabra), como por ejemplo, que se me pinche la bici justo diez minutos después de garparle 80 mangos al forro de la bicicletería para que me la deje casi nueva, que mi único día libre tenga veinte mil hojas desastrosas para corregir, que un pendejo de 16 años se quiera suicidar en el medio de mi clase y que repentinamente me den ganas de matarme a mí también, querer comprar una empanada de atún porque en ese momento el único camino a la salvación (o a la felicidad momentánea, da igual) era saborear una deliciosa y bien contundente empanada de atún, y que la cara pajera y redonda del pibe de la pizzería me diga - con su mejor rostro fumón-: uhh, me quedan de jamón y queso o pollo, flaquita. je-. Andate a la concha de tu madre. Y me voy. Y eso que es lunes, pienso, a punto de llorar. 
Sábado. Caigo a un bar para ver la varieté y me encuentro con amigas que no veo seguido, conocidos que veo con menos  frecuencia aun, futuros conocidos, y desconocidos totales y condenados a serlo para siempre. Un maniquí que me mira fijo desde atrás de una cortina que hace las veces de telón me da un escalofrío  y, en ese preciso instante, (justo, ¡justo ahí! justo ahí que no pensaba más en nada, solamente en la fiesta y en que eran las 4 y estaba todo bien) recibir un mensaje descolocado y limante,  un mensaje que leo frente a un maniquí con la mitad de su cuerpo saliendo detrás de una tela vieja y rota, y yo que doy vuelta la cara hacia el mensaje y no sé, no sé que contestarle, no sé... algo así como: "guardate todo eso para vos solo. Y chau. Chau (pongámosle... Carlos, para crear una atmósfera más novelesca). Chau Carlos." Parálisis mental. Ganas de putear, pero para qué, ¿no? Feliz coincidencia, abro la puerta y ahí encuentro una especie de puente. Además, está amaneciendo y las cosas cuando amanece cobran otra significación, se vuelven un poco más oníricas. Vuelvo en un bondi con un repartidor de flores que canta Pappo & los rolling stones, y sé que ahora no lo encuentro pero algún sentido debe tener todo esto... la secuencia, el sol demasiado violento de las siete en primavera, la última cerveza, el colapso de sufrir continuamente nuevas decepciones. Y otra más que se encorva en la espina dorsal de mi ojo izquierdo. Las epifanías duran tan poco...Tengo una muela menos, un dolor insoportable y un desorden inabarcablemente sideral. Y un día más sin bici. Justo ahora, que se vienen los días lindos...

13.10.10

off.

salir
buscar una moneda después de un tropezón
analizar automáticamente si conviene más tren o bondi
elegir la bici
volver sobre mis pasos (y llego tarde, casi)
respirar. pedalear con dificultad, respirar.
llegar y hacer todo con excesiva redundancia.
salir de nuevo y vivir algo ajeno y al mismo tiempo no...
un deja vù en el momento menos esperado
(ganas de llorar por el dejà vu más que por la pomposa circunstancia de la que estoy siendo mitad parte, mitad no)
ausencia repentina
buscar a alguien buscar a alguien buscar a alguien ¡ahí! "Felicidades". "grsgrsias, querida".
hasta luego.
romper a llorar, pedal, llanto, pedal, llanto.
llegar y seguir llorando.
poner una milanesa y seguir llorando.
escuchar un tema y así, hasta que deje de doler.
hasta que deje de doler.
hasta que deje de doler.
hasta que deje.

20.6.10

Continuacíón

o: Manifiesto III
el patetismo de una vida
el patetismo de cualquier vida


es esto:
no alcanza un entierro completo
para resguardarse del frío


un entierro no es la muerte;
la muerte es un viejo desabriéndose con la boca torcida
mordiendo sólo con los dedos entumecidos la sábana,
las manos rotas
rojas
esporas






--












ya no quiero esperar más












--














mis años
enjaulados mis años
sonrojo
 una voz que
no vale nada
nada vale
NADA,
una estupidez cansina
de alguien estúpido para quien
"las cosas valen"
y siempre arma clichés y frases huecas
"vale la pena"
"vale oro"
"mas vale..."


¿quiénes valen?
¿qué vale?
¿una situación? ¿una persona? ¿una carrera universitaria?
¿los viajes? ¿las relaciones?


me río.
me río y por dentro me parto y desdoblo
y vuelvo a sentir
esas ganas
tétricas ganas
como un imán gigantesco, esas ganas...
tentadoras ganas
inmensas ganas
irresistibles, más que eso, más que nada, más que cualquier otra cosa en el mundo en este momento
me quiero ir.
me separo de mí
ya colgué las horas de un blanco
 ya colgué mis horas,
porque pertenecer


cuesta muy caro.




--












Dejé atrás
más vicios
que la heroína








---






Literalmente,
cuando el dolor se apaga
(siempre quise bailar butoh pero, letras... la puta, che)


decía, cuando el dolor se apaga
(no estoy hablando de la tragedia ni de la tristeza: sería más fácil)
¿cómo se llama?






(Pessoa diría:)






¿desasosiego?

3.6.10

For You OK.

Subir el peldaño del supermercadito chino es entrar a otro mundo. Un mundo en el que se van alternando como cortina de fondo CD's truchos del barrio homónimo y reaggetón del marginal posta, ese que no conoce nadie y que jamás bailaría una putita de Tinelli. Ahí sí que los ambientes musicales son marcadamente bizarros; el pibe de la carnicería es más argentino que el 168 que va a La Boca y de vez en cuando tira algún comentario xenófobo y ácido. Siempre me queda la duda acerca de si los tira constantemente -es decir, a lo largo de toda su jornada laboral-, o aprovecha alguna supuesta secreta complicidad lingüística del cliente que justo se aproxima a su mostrador. Hace poco me enteré que se llama Juanma (imagino que apócope de Juan Manuel, pero también podría ser Juan Marcos) y que va a la escuela nocturna. Tiene 19 años pero aparenta 27. El de la caja -al igual que los repositores y las chicas de la panadería- son chinos. Lo sé porque una vez un tipo se fue gritando "coreanos de mierda" y con una seriedad inusitada el cajero le contestó: "somos chinos, argentino puto". Después empezó a pasar por la maquinita mis 15 unidades, las cuales a su vez debían ser entregadas a través de una reja de aproximadamente un metro de alto que recubría la caja, la cinta movible, la codificadora y parte del cuerpo del chino. Esto no fue siempre así, sin embargo. Hace dos años, cansado de que lo saquearan hasta tres y cuatro veces por semana, el chino se calentó y se enrejó junto con su recaudación. Aparentemente le dio resultado. Hay lenguas que dicen que bajo el mostrador esconde una 45mm, pero eso nunca lo pude corroborar. A veces me parece que hace unos movimientos extraños con las manos escondidas bajo el cajón del cambio, pero eso no significa nada, o, al menos, no significa exclusivamente que guarda un arma bajo el mismo; puede tratarse de cualquier otra cosa. Creo que se propuso ser amable con los vecinos del barrio únicamente en su tiempo libre, cuando sale a la vereda a tomar su caldo y así aprovechar esos escasos minutos de distensión para entablar saludos cordiales por fuera del diálogo obligado y muchas veces cansador de la relación cliente/vendenor. Por el contrario, cuando se encuentra con la misma gente cara a cara en el interior del supermercado, es de lo más expeditivo. Como si diferenciara de manera tajante entre las posibles categorías en las que puede dividirse una persona, que son: la de consumidor, claro contribuyente al crecimiento económico, y la de vecino amable que ayudará de alguna u otra manera, explícita o implícita, al bienestar colectivo del barrio. Esto se percibe en el siguiente ejemplo: como el supermercadito queda en la esquina de mi casa, debo pasar obligadamente -compre allí o no- por la puerta varias veces por día; cada una de esas veces, el chino me saluda con una encantadora sonrisa cerrada y aguda; y cuando digo cada una de esas veces es CADA UNA DE ESAS VECES. En cambio, cuando paso a la categoría de 'cliente', se limita a pasar los productos por la máquina de códigos y pronunciar en un español que pareciera estar progresando cada vez más el precio total de la compra. Eso es todo; si te he visto, no me acuerdo.
Juanma, en cambio, saludaba frecuentemente y sin sonrisa pero con la mirada fija en quien saluda, dentro o fuera del súper, comprara carne o no. Generalmente se quedaba mirando unos instantes después de haberle sido devuelto el saludo, lo cual desconcertaba un poco al que se chocaba con esta actitud por primera vez, sin saber bien, por unas milésimas de segundo, si tenía que responder por segunda vez al saludo, hacer otra pregunta que lo complete, acercarse para crear una nueva conversación, o seguir su camino. Yo había optado por esta última, pero hace unos días -como un juego-, decidí sostener la mirada hasta que alguno de los dos se canse. Obviamente, contaba con que sería Juanma el primero en bajar la mirada, y fue lo que efectivamente sucedió de manera casi automática, aunque poco a poco -y de maliciosamente-, el lapso en el que tardaba en desviarse a otra cosa se extendía cada vez más. Aún así, siempre era yo la que salía triunfante, lo cual me daba una secreta satisfacción, como un rapto de alegría absurda que se tiene cuando se ganan causas inútiles.
El chino de la caja parecía ser el único que cumplía horario de corrido (por eso, imagino, tenía varios momentos del día libres, durante los cuales salía a la vereda o simplemente desaparecía). El resto de los trabajadores del súper variaban continuamente, según la hora. A Juanma lo encontraba por la tarde, y una de esas tardes me pareció que estaba a punto de volar el supermercadito a la mierda. Yo estaba copando mi canasto de pickles y latas de jardinera, tomate y atún, cuando se apareció con una mochila plagada de explosivos de todos los tamaños; no sabría decir con exactitud de qué tipos de explosivos se trataba aunque creo que había un par de granadas, sinceramente no estoy segura de que esto sea así. Juanma salió de la carnicería y con esa mirada fija que lo caracterizaba y de la que hablé anteriormente se dirigió hacia el centro, en el pasillo en el que justo me encontraba, y mirando al chino abrió la mochila desafiante. Me pareció que era bastante estúpido de su parte, era evidente que el operativo que supuestamente estaba a punto de desarrollar requería de más tiempo del que había planificado porque -si bien mi conocimiento en materia de proyectiles y armamentos militares es nulo-, se supone que la detonación de todo ese material llevaría su tiempo, y en ese tiempo muy probablemente vendría algún tipo de comando especial a desarmarlo por completo; o bien también podría pasar que (si bien esto era mucho menos probable que lo anterior) el chino saldría con su 45 y lo dejaría tendido de un tiro en la cabeza, hípótesis que no tenía sentido si el carnicero era una especie de kamikaze que había decidido morir junto con todos los que en ese momento estábamos dentro del supermercadito. A diferencia de aquellas posiblidades, sucedió algo colosal que me dejó totalmente perpleja: con un acento marcadamente rioplatense, el chino -tornándose violeta como una batata- gritó "¡Ahora, compañeros!", alzando con su mano izquierda la V de la Victoria (peronista, claramente). En ese instante -frente a mi estupefacción ascendente- salieron de atrás del mostrador de panificados unas siete personas vestidas de ninjas, cada una cargando un fusil AK-47. Se dividieron en dos grupos y se colocaron, de espaldas, cada uno contra un ala de la puerta. El chino de la caja -que ya se había preparado con su traje de ninja respectivo- ordenó que vigilaran la entrada y desapareció tras una puerta secreta en el suelo que hasta entonces para mí era inexistente. Para mi sorpresa, apareció luego, en la vereda de en frente al supermercado, disparando a mansalva al Automac que yacía de aquel lado de la calle. Inmediatamente después de que Juanma les hubo repartido la artillería pesada, salió la troupe de ninjas atrás silbando la marcha peronista, y enfrentándose al local imitaron el gesto de su líder, haciendo estallar el ventanal y todas las mesas que se encontraban tras este, que afortunadamente estaban vacías. Milagrosamente, la gente había desaparecido por completo; sólo quedaban los empleados escondidos tras los boxes de recibimiento de pedidos. Casi de manera simultánea, Juanma tomó mi mano y con la que tenía libre y al grito de "¡¡¡MOREEEIIIRAAAAA, CANEJO!!!" arrojó su última granada, la cual contribuyó de manera contundente a explosión y desaparición definitiva del lugar. Me había llevado un tiempo darme cuenta de que en toda la situación yo cumplía el rol fundamental de rehén en el atentado que acababa de ocurrir, y que a la larga esta condición era bastante indefinida. Una vez que las esquirlas dejaron de volar por los aires, bajaron todos por el túnel hasta entonces secreto que comunicaba al supermercado con el otro lado de la calle y caminamos por un subconducto hasta lo que -supuse- era el Río Tigre, donde nos aguardaba una especie de lancha colectiva que nos trasladó hasta un islote del Delta. Precioso. Lo único molesto son los mosquitos, pero como construimos una casa subterránea no tenemos problemas de humedad. Vivimos ahí con Juanma y los otros chinos del súper. A veces intercambiamos, yo les enseño a conjugar verbos en español y ellos me enseñan a escribir en chino; es lindo. Con Juanma tenemos un nene, se parece a él. Nos casó el líder a orillas del río; nos inculcó la metodología budista y todos fueron padrinos de nuestra boda. A mi hijo le puse Hisashi Takashi, que quiere decir: Perón Vence.

27.5.10

No había necesidad.

Fabris se vistió con desesperación y recalentó un café. Tomó un trago. El gusto agrio y gomoso le hizo hacer una mueca espantosa. Con la garganta reseca, se apuró para salir.
“Mucho sol”, pensó mientras cerraba la puerta de la pensión: “… ni siquiera puedo abrir los ojos…”
-¡Che, Fabris!- escuchó de la mano de enfrente. Fabris empezó a caminar rápido, pero fue inútil. Un hombre pequeño ya se había cruzado en su camino y estiraba el brazo para agarrarle el hombro con su mano redonda y regordeta, como una araña suculenta. Lo sacudió con fuerza:
-¡Fabris! ¿Y viejo? ¿Cómo la vas llevando?
- Mal. Todavía no volvió Mimí-
-No me digas, ¿en serio?– Se quedaron en silencio. Luego preguntó sobre la ausencia de Mimí como una burla, con ese tonito agudo de petiso resentido, con ese gesto que hacía torciendo la comisura; una sonrisita irónica, fastidiosa… Fabris le hubiera desfigurado la cara a trompadas en ese instante. Pero se contuvo. Simplemente dijo:
- No sé nada de ella desde ayer a la mañana. Mirá, José, ahora estoy complicado, ¿sabés? La semana que viene te pago sin falta- Creyó que con eso no lo retendría más.
- ¿Y dónde puede llegar a estar? ¿No se te ocurre?- indagó. Su mano seguía en el hombro de Fabris, cuya exasperación crecía: “Este petiso es de lo más hijo de puta que hay”, pensó. Apretaba y desapretaba los puños duros y sucios al costado del cuerpo. Estaba a punto de explotar… Levantó la vista fijando sus ojos en el enano, sin decir nada, esperando el momento para dar el primer golpe… pero el sol del mediodía le pegó en la cara, obligándolo a desviar de vuelta la mirada, absorto, hacia la vereda. “Mierda de tipo, este José…” pensaba, canalizando todo el odio en el movimiento de sus manos. La voz de José y sus pensamientos se confundían; por otro lado, no podía dejar pasar más tiempo: no veía a Mimí desde el día anterior y ya había agotado todas las posibilidades; no se encontraba en los boliches de la zona, ni en las comisarías, ni en los hospitales. Tenía que hacer una nueva recorrida. Sabía que hasta que no le diera una respuesta convincente José no iba a dejarlo ir. Se quedó pensando un segundo.
-No sé dónde puede estar, tengo que ir a buscarla.-
-Andá tranquilo nomás, pero antes necesito lo del mes-
José pasaba a cobrar por la pensión del 1 al 10. Una habitacioncita con baño compartido. Por fuera, el edificio parecía completamente destruido. Los balcones peligraban las vidas propias y ajenas sostenidos por una mampostería podrida y un manojo de cintas rojas de plástico. No tenían luz ni gas, pero con una garrafa y el farolito a kerosén la cosa marchaba. Por ciento cincuenta pesos por mes Mauricio Fabris y su mujer podían vivir juntos, aunque Mimí seguía con sus clientes. Por un tiempo sería necesario, hasta conseguir otra cosa. Además, a ella siempre le gustó tener su plata, su independencia. Cuando se conoció con Mauricio, Mimí ya trabajaba. Se vieron por primera vez en un funeral por Fiorito. Pura casualidad. Mimí conocía al muerto porque fueron vecinos de chicos; Fabris, en cambio, era un primo lejano. Se enteró del velorio por medio de un tío que el muerto y Fabris tenían en común.
- Vine por no dejar de venir – se acuerda que le dijo a Mimí, para romper el silencio incómodo entre ambos una vez que ella hubo encendido el cigarrillo. -¿Sos familiar?-
-No. Lo conocí de chico.- Mimí nunca miraba a los ojos cuando hablaba, pero movía mucho las manos y eso la volvía algo interesante.
Se vieron al día siguiente. Fabris se imaginó que ella era prostituta, por eso no se sorprendió al escucharlo. Tampoco le importaba. Además, Mimí trabajaba solamente algunos días de la semana, con lo cual pasaban bastante tiempo juntos. En esa época Mauricio vivía hacía poco en la calle, y Mimí compartía departamento con una mujer, también puta. Pero había muchos problemas, y tuvo que dejar el lugar de un día para el otro porque, según le contó a Mauricio un tiempo después: -La minita está enferma, mal. Es loca. Empezó a predicar y desde entonces estaba con que tenían que exorcizarme porque estaba maldecida por el demonio. Una vez mató un gato a palazos, y con la sangre se lavó la cabeza, ¡con la sangre!- Mimí abandonó el lugar cuando, una noche, abrió los ojos y encontró a la mujer al lado de su cama, alzando un cuchillo. La detuvo en el acto, agarró las cosas que pudo y escapó, quedándose, junto a Mauricio, en la calle.
Al poco tiempo y como un regalo nefasto, apareció la pensión. Llamaron a un celular escrito a mano en un cartelito pegado en la puerta. Entonces, llegó José. José se encargaba, entre otras cosas, de ‘arreglar’ entre el dueño de la casona hecha pedazos y los inquilinos, que en ese momento eran seis, aparte de Mauricio y Mimí. Al dueño nunca lo conocieron; siempre pasaba José y cobraba. A veces, se escuchaban gritos y portazos, ya que vivir ahí se hacía cada vez más complicado. Muchos vecinos amenazaban a José y se negaban a pagar el alquiler, hasta planeaban expropiarle una de sus habitaciones y se atrincheraban. Pero José no era un tipo que se dejara intimidar tan fácilmente. A pesar de su corta estatura, el petiso se las traía. Y más de una vez se apareció con varios de sus muchachos (así los llamaba: “pagás o te traigo a los muchachos”) para poner las cosas en su lugar o, simplemente, para evitar que a alguno se le ocurra seguir haciéndose el loco.
Pero estos eran detalles que, con las cuentas claras, no había necesidad de enfrentar. Se mudaron enseguida; como sus únicas pertenencias eran la garrafa, el farol, un colchón de goma espuma y algo de vajilla, además del mate (y el resto de las cosas quedaron en el departamento, con la loca), pudieron instalarse con comodidad. A la ropa la dejaron en una valija, al lado del colchón.
Al principio, fue bastante duro. Mimí tuvo que hacerse cargo de todo; un todo que, si bien comprendía la módica suma de ciento cincuenta pesos de alquiler y otra parte mínima para la comida, era un gasto que ya no estaba dispuesta a seguir manteniendo sola; además, ya se estaba cansando de su trabajo y necesitaba un cambio. Así le había dicho a Fabris:
-Mauricio, necesito un cambio.-
Mauricio, por su parte, buscaba trabajo todos los días. Buscaba en la calle, en los diarios, en las fábricas… nada. Era inútil. Había empezado a deprimirse y ya ni salía del cuartito. Mimí cada vez puteaba más a Fabris, a la pensión, a José… Llegaba a puntos de violencia extrema. Cuando volvía por la mañana, solía tirar la plata arriba de la mesa, despertaba al pobre Fabris que dormía con toda su depresión a cuestas y le refregaba los billetes de cien en la cara, instigándolo a contestar: -¿Sabés todo lo que tengo que hacer para ganar esta mierda? ¿Eh, vago hijo de puta? ¿Vos sabés lo que tengo que hacer para pagar esta mugre? ¡Laburá! ¡No servís para nada! ¡Andá a comprar comida porque te mato!- Y entonces, Fabris bajaba con un billete en la mano a comprar café, yerba, pan. La escena se repetía con mayor o menor intensidad, pero muy pocas veces se evitaba. A veces Mimí llegaba llorando, y se sentaba en el piso, y Mauricio se despertaba y la abrazaba, y se quedaban así un rato largo, hasta que el sol entraba por las persianas cerradas, y ella se quedaba dormida en sus brazos. Entonces, él la acostaba en el colchón y prendía la garrafa, para hacerse unos mates.
Era angustiante verla así. Sobre todo porque él quería mucho a Mimí. Ya se había acostumbrado a ella, a pesar de estos últimos tiempos de crisis. Por eso necesitaba encontrarla, estaba asustado. En la calle nunca le pasó nada, y ahora desaparece así, de repente. No cree que se haya fugado, su ropa seguía en la valija y le había dejado algo de plata para la comida, además: ¿a dónde iría? A menos que se haya ido con alguien, pero era poco probable. Todas sus pertenencias seguían en la pensión.
-No tengo nada para pagarte ahora. Perdoname José, pero tengo que ir a buscar a Mimí, a lo mejor alguien sabe algo-
-Ya me venís pateando hace días, no me vengas con esta pelotudez. A la putita esa la hicieron cagar fuego, como a todas las putitas que se meten en quilombos.-
Fue raro porque la ira de Fabris desapareció completamente. En cambio, le sobrevino un impulso hasta entonces desconocido, una frialdad imparable, como si toda esa furia descomunal se hubiese dispersado y, en cambio, se transformara en el golpe que finalmente hizo estallar la cabeza del petiso José contra la pared en mil pedazos. Primero con un latigazo seco que le raspó la frente, después le giró su cabeza para quebrarle el tabique, y le siguió dando hasta que del hueso torcido de la nariz salían borbotones de sangre espesa, que se esparcía por la boca ya sin dientes delanteros. Era difícil distinguir las partes de su rostro porque se había mordido la lengua, con lo cual se embadurnó por completo en sangre. La mordedura había sido muy fuerte, algo le colgaba de la boca y había muchos coágulos, no se sabía a ciencia cierta si lo que le colgaba era la sangre misma o un pedazo de carne. La cara deforme y roja brillaba bajo el sol del mediodía, ya estaba totalmente inconsciente, se resbaló dejando una huella larga en la pared, la mano de Fabris manchada; la gente en la calle desapareció bajo el sol rabioso, los dejaron solos. En eso Fabris recordó por qué el enano José no fue hasta entonces a ‘apurarlo’ con los muchachos. Siempre que pasaba frente a su cuarto decía que no tenía sentido gastar fuerzas con él porque:
-Es un infeliz, un cornudo mantenido por la trolita esa que en cualquier momento me voy a coger.- Así iba el enano gritando por los pasillos de la pensión. Mauricio aguantaba, aguantaba por Mimí, porque jamás volvería a la calle, antes hacía cualquier cosa, soportaba cualquier cosa, pero la calle no, eso sí que era lo peor. Sobre todo para ella, que había pasado tantas cosas, que se sacrificaba tanto, que lo quería tanto; porque a pesar de todo lo quería, lo necesitaba para que sus vidas sean un poco menos miserables. Aunque sea pasaban el tiempo, y quizá algún día, si soportaban, si hacían la vista gorda, si pagaban el alquiler cada mes y se olvidaban de la gente y de los gritos y de esa pensión de mierda, sus vidas seguirían marchando en esa cotidianeidad difícil pero llevadera, hasta que puedan irse, dejar todo, cambiar, como decía Mimí. Siempre hablaba de un cambio. Pero para eso tenían que aguantar, eso lo sabía Fabris. Por eso hasta entonces, no había necesidad. No había necesidad de explotar, no había necesidad de soltar toda esa ira contenida; se trataba simplemente de dejar pasar el tiempo, hacer lo que debía hacer, quedarse sentado y esperar. Esperar a Mimí, que no llegaba desde hacía un día y eso repicaba como un taladro sordo en el cerebro.
Un patrullero dobló la esquina y subió a la vereda atropelladamente. La sirena se venía escuchando desde lejos. Bajó un cana pelado y Fabris alzó los brazos al mismo tiempo que le gritaban que lo hiciera. Se había lastimado los nudillos y no sabía si el hilo de sangre que chorreaba por su brazo era de él o de José, que según comprobó otro de los canas, estaba muerto. Lentamente, lo obligaron a acercarse al patrullero y torció suavemente la cabeza hacia un costado, sobre el techo del automóvil. Esposado y con la mirada perdida, percibió la figura de Mimí que se acercaba rápido, los rulos amarillos saltando frenéticamente. Le encantaba verla con el pelo suelto. Se tranquilizó. Por suerte, Mimí apareció y estaba bien.

23.5.10

La soledad es hermosa

Últimamente lo único que puedo hacer es referencia al presente. Sobretodo ahora, que llueve. Por eso voy a contar una historia, por más pequeña que sea. Una cosa cotidiana, como una nube que pasa, una gota que cae al piso y vuelve ese milímetro cuadrado más brilloso que los demás, una hoja de roble amarronada que roza súbitamente mi mano cuando la extiendo para alcanzar no sé qué cosa... Escucho varias cosas a mi alrededor que me dan el impulso para empezar a hacerlo, por lo tanto ahí va: observo las uñas de mis pies mojados que se apoyan suavemente en la bañadera, así, como en aquel cuadro de Frida Khalo... Miro más que nada el reflejo, que vierte los dedos hacia adentro del agua, comprimiendo en esos veinte dedos deformes y refractarios toda una monstruosidad. Me imagino que voy a salir del baño con un cuarto de metatarso agregado hacia atrás, con dedos incluidos, como un trompo que deja de dar vueltas y luego empieza otra vez. Mi cabeza frena y enciende otros dispositivos que aceleran las imágenes... entonces esos metatarsos de veinte dedos condensados pegan un salto y comienzan a girar, y el agua hace lo mismo en un remolino me lleva hacia adentro, hacia el fondo arenoso de un río. Me doy cuenta de que me quedé dormida, me entró agua en los ojos y ahora veo como si estuviera resfriada. Pienso en los dedos de mis pies reflejados y en el breve sueño que tuve, intento hacer lo mismo con las manos. Pero no llego a ver su reflejo porque están muy cerca. Contemplación... Un baño de inmersión es el mayor acto de ego que puede hacerse uno a sí mismo. Sólo el agua que contiene y un cuerpo flotando (a veces, con los dedos de los pies duplicados), quizás una masturbación viscosa, aunque no esta vez, ahora estoy demasiado inmiscuida en el agua y el olor del sahumerio que inunda el espacio. No quiero volver a dormirme... Temo ahogarme durmiendo en el agua, me da tanto placer dormir así, con el cuerpo sin nada de peso, inerte, dejándose ser sólo moviéndose como un pez y en cámara lenta... Para salir, simplemente acerco las rodillas a mi pecho y luego me siento. Estiro las manos tocando el suelo y saco el tapón: en un sonido desesperado y sordo, veo el agua escurrirse en remolino...AH! Estuvimos tocándonos de una forma tan íntima. Es inexplicable el vacío que se siente al verla irse así, tan rápido... Intento retener una partecita de ese momento pero es tarde, el agua es efímera y se extiende libre por todo el espacio. Por unos minutos, me quedo así, sentada, abrazándome a las rodillas, titiritando apenitas, observando la ranura de metal y las paredes blancas que me rodean: la soledad. Es blanca, como la muerte. Pero una muerte hermosa, como la muerte del agua escurriéndose por el desagüe; desolador, sí, pero fascinante y sagrado.
Alcanzo la toalla y salgo. Quiero secarme por completo, hasta el último recoveco, atrás de las orejas, entre los dedos de las manos, cada comisura, las arrugas leves de mis ojos. Luego voy al cuarto, a vestirme. Es domingo, sigue lloviendo. En un rato me encuentro con los chicos en el Café G., pero antes de salir busco el secador: el pelo mojado es incómodo.